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La Abuela que me parió.

Hace unos días mi abuela cumplió 90 años. Ella es una abuela singular no es una abuela cualquiera, es una abuela atípica, polémica, con pantalones, con mierdas y carajos, graciosa e insoportable, conocida y reconocida, gritona y tierna. Para muchos una abuela famosa, querida por unos odiada por otros. Para mí no solo es Martha Hildebrandt, para mi, es  La Abuela que me Parió.

Hace ya casi 38 años mi Tata (si Tata, no te atrevas nunca a llamarla abuela, ella no es abuela de nadie.. al menos así me quedó claro desde que tengo uso de razón.) Bueno, retomando,  hace casi 38 años mi Tata estaba a punto de pasar el día más difícil de su vida, un día que le cambiaría la vida para siempre.  En esa época ella  era Directora en La Unesco y vivía en Paris con su hija de 15 años (mi madre). Hacía ya algunos años que se había separado de mi Abuelo, así que estaban solas en casa con la empleada.

Su hija, no se había estado sintiendo bien esa noche, así que Martha estaba un poco alerta y lista para llevarla al doctor por la mañana, sospechaba que podría ser una cistitis, pero nunca se imaginó ni estuvo preparada para  lo que estaba a punto de pasar, en verdad nadie en su sano juicio podría estar preparado para algo así.

Eran las once y pico de la noche y su hija entró de golpe con un periódico en la mano que tiro al piso (si, como lo leen, le dio tiempo de encontrar papel y tirarlo al piso para no ensuciar.. de locos) . La jovencita se tiró al suelo encima de la prensa francesa y anunció en exclusiva el flash informativo:  “Mamá estoy teniendo un bebe”

Así fue como mi Tata se enteró que sería abuela por primera vez, que su única hija iba a tener su primer bebe, con mi madre pujando echada en el pasadizo sobre un montón de periódicos, sin poder dar más explicaciones que las evidentes.

Parece que yo estaba al tanto de la complicada situación y decidí no dar más problemas. Fue un parto rápido. Como dice siempre mi Tata, “Saliste como un corcho de limonada” La verdad nunca he visto una botella de limonada con corcho pero supongo que serían super fáciles de destapar.

¿Se pueden imaginar la escena?  Enterarte que tu hija está embarazada mientras recibes sin ningún tipo de preparación a tu nieta en brazos? Mi Tata asistió el parto como una comadrona profesional. Amarraron mi cordón entre las dos , y mi Tata lo cortó con hilo dental. Mi pobre madre agotada  se fue a duchar y mi Tata se quedó conmigo en brazos, me limpió, me envolvió en una frazadita de Air France, mientras nacía nuestro amor a primera vista.  Aterrada por que no lloraba me entregó a la portera (que había subido a ayudar). La portera me acercó a la calefacción (pleno febrero en Paris, un frio que pela) y luego de calentarme un poco tranquilizó a mi Tata diciéndole “Si respira”.

Ese fue el primer día que nos vimos, el día que nos conocimos, un día agotador e intenso, un día tan sorpresivo que no dio tiempo ni de ver el reloj, por lo cual siempre quedó la duda de si nací el 7 o el 8 de febrero. El día en que por primera vez estuvimos las 3 juntas, como iríamos a estar siempre durante largos años de nuestras vidas.

La mayoría conoce solo la parte pública de Martha Hildebrandt (no tendría por qué ser de otra forma) .Pocos saben que 2 años después de que la cigüeña me dejara en Paris, volvimos a Lima y  Martha Hildebrandt, Mi Tata, dejó de ser una figura política y pública, y se dedicó de lleno al trabajo intelectual desde la casa  durante 16 años (hasta que yo cumplí los 18). No fue a propósito, pero si fue una maravillosa coincidencia, que ella pudiera estar en casa conmigo, durante mi niñez y adolescencia.

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Se la imaginan todas las noches viendo los Picapiedra con una niña de 5 años? Pues, era uno de nuestros programas favoritos. O tejiéndole a su nieta ropa a juego para ella y su muñeca? No saben los conjuntos maravillosos que me hacía.

Me enseñó a jugar cartas, saltar soga, jugar dominó y no aburrirme.  Me enseño primeros auxilios contra mi voluntad. Me había entrenado para que si alguna vez alguien sufría una picadura de abeja yo debía llevarle corriendo el amoniaco (En algún lugar mi Tata había leído que era lo mejor para las picaduras)  Yo me lo tomé super enserio porque además nadie me aclaró que la picadura de abeja no era super venenosa como yo creía.  Por fin llegó el día en que a mi abuela la picó una abeja. Yo feliz y aterrada salí disparada por el frasco de amoniaco y por hacer las cosas mejor mientras corría con el pomo en la mano lo destapé. Que tal bofetadón! Hasta ahora recuerdo el olor como un puñetazo en mi cara tirándome para atrás y noqueándome. Acto seguido, la picadura dejó de importar mientras me despertaban medio desmayada en el suelo.

Nunca me enseñó a cocinar… por que no podía. Me enseñó lo único que sabía hacer, tostadas francesas y huevos revueltos. Cuando vivía  con ella si  algún día nos quedábamos sin empelada salíamos a comer a la calle y si estaba con suerte me dejaba almorzar boliquesos con chizitos, eso si, en plato y con cuchillo y tenedor. No se cómo sobreviví a esa alimentación, gracias a dios mi madre sabe cocinar!

También me enseñó a tejer y “zapato en la cama no”. Me encantaban  nuestras salidas a larquear. Hacer las compras juntas con su lista escita en una tarjeta blanca dividida en 3, MH: cosas que ella necesitaba, Casa, y N todas las cositas que yo podía querer o necesitar. Extraño irnos en colectivo a Lima cuadrada a que me compre cuentos y luego tomarnos un café en el Bolivar. Ella un cortado, y yo un Capucchino con extra crema, sin agua, sin leche y sin café.

Era su pequeña acompañante, me llevaba a todos lados. Me ganaba con todos los chismes de mis tías y yo feliz, porque me ganaba también con todos los mimos y apachurres. Siempre juntas.

Nuestras noches terminaban siempre igual. Desde chiquita antes de dormir, después de leer, cada una en su cama, un cuarto frente al otro, yo cerraba mi libro y le decía,” Tata, hasta mañana para apagar la luz” y así se lo seguí diciendo incluso cuando la llamaba desde España ya madre de dos y colgábamos el teléfono antes de dormir.

Siempre le he podido contar todo, y aunque he querido nunca le he podido ocultar nada. Tiene conmigo un sexto sentido con el cual sin mirarme ni oírme ya sabe si algo me ha pasado. Con lo cual me desarma y no me queda más nada que desahogarme. Tiene siempre unos consejos brutales y geniales. Que me han ayudado a ser feliz a lo largo de mi vida.

Tuvo el buen criterio de no mentirme nunca ni dorarme la píldora. Fue ella por ejemplo la que siempre desde que nací me contaba cómo había llegado al mundo con total naturalidad. Que  no tenía padre (en ese entonces) pero que si tenía abuela. Eso sí, me advertía y repetía mucho los apellidos de mi padre biológico no vaya a ser que de grande me enamoraba de un primo hermano y terminábamos como los Buendía.

Me apoyó y dejó libre cuando a los 16 decidí encontrar a mi padre. Me metió en su cama y apachurró siempre que tuve mal de amores.  Me dio al abrazo más grande de amor cuando sin buscarlo me quedé embarazada de Fernanda.

Desde que tengo uso de razón me trató como a una igual, como a una adulta. Siempre me dio responsabilidades y habló con la verdad, con respeto y con amor. Pero cuando me mira y me habla, incluso hoy 38 años después, sigo siendo su chiquita, su pequeña, a la cual le quiere dar permiso hasta para ir con sus hijos a la bodega.

Hoy tengo la suerte, el lujo, el privilegio de seguir a su lado, seguirle pidiendo consejo, seguirla abrazando.  Hoy en nuestros corazones sigo siendo esa pequeña que llegó al mundo en sus brazos para cambiar nuestras vidas.

Hoy escribo esto con el corazón, para mi abuela, mi Tata, La abuela que me parió.

Tata. Hasta mañana para apagar la luz.

Nadiana.

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